Ayer recordaba cuando me mudé a Madrid, hace tan sólo trece meses. Salí de Atocha con una maletilla y un portátil y cogí un taxi que me llevaría a Noviciado, el primer sitio en el que viví. Al ir subiendo por el Paseo del Prado me sentía feliz, muy feliz. Me recuerdo a mi misma mirando a través de la ventanilla con los ojos muy abiertos y una sonrisa nerviosa. Sabía que esa ciudad guardaba muchas cosas buenas para mi, y las tenía más cerca que nunca. No me equivoqué.
Ayer volvía a Bucarest después de una semana de cientos de kilómetros por distintas ciudades dentro del país. Y volví a tener esa sensación. Las avenidas que al principio parecían todas grises e iguales, ahora ya tenían nombre; la rotulación de las tiendas no me parecía tan estridente, incluso era legible; los cables no eran tantos, alguien me esperaba para cenar y tenía ganas de llegar a mi casa. Hace sólo seis semanas mi hogar estaba a varios miles de kilómetros de aquí, pero hoy ya me siento en casa. El sol baña mi salón y Peyroux suena mejor que nunca.


Ultimos comentarios