Ayer recordaba cuando me mudé a Madrid, hace tan sólo trece meses. Salí de Atocha con una maletilla y un portátil y cogí un taxi que me llevaría a Noviciado, el primer sitio en el que viví. Al ir subiendo por el Paseo del Prado me sentía feliz, muy feliz. Me recuerdo a mi misma mirando a través de la ventanilla con los ojos muy abiertos y una sonrisa nerviosa. Sabía que esa ciudad guardaba muchas cosas buenas para mi, y las tenía más cerca que nunca. No me equivoqué.
Ayer volvía a Bucarest después de una semana de cientos de kilómetros por distintas ciudades dentro del país. Y volví a tener esa sensación. Las avenidas que al principio parecían todas grises e iguales, ahora ya tenían nombre; la rotulación de las tiendas no me parecía tan estridente, incluso era legible; los cables no eran tantos, alguien me esperaba para cenar y tenía ganas de llegar a mi casa. Hace sólo seis semanas mi hogar estaba a varios miles de kilómetros de aquí, pero hoy ya me siento en casa. El sol baña mi salón y Peyroux suena mejor que nunca.

Me alegro de que sonria Boss.
El sol siempre llega a brillar en todas partes.
No sabes cuánto me ha alegrado leer el contenido de este post.
te-lo-di-je.
Un besazo
Es curioso, pero uno siempre encuentra un hogar cuando menos se lo espera. Me alegro de que lo hayas encontrado y de que estés bien. Besos.
El pensamiento inmediatamente posterior a esto, fue para ti, Mario. Recordé que me habías dicho que pasaría.
Gracias a todos.
Un poco tarde, pero bienvenida!
Bienvenida?
A donde?
Quien es usted??
Que bonito post, lo cierto es que cuando un lugar te acoge, con el tiempo se convierte en tu casa.
Bucarest, sin ser bonita, cálida ni acogedora, tiene algo que se acaba metiendo en el código genético de los loquitos que acabamos habitándola. Para mí, al muy poco tiempo de llegar, ésta era mi casa.