Un paseo por Ceauşima

17 03 2009

Deambular por algunas calles de Bucarest es desconcertante: no siempre existe alineación entre los edificios, el régimen de alturas es caótico, viviendas unifamiliares adosadas a un rascacielos de treinta plantas en un lado y a una basílica ortodoxa por el otro… Es difícil enamorarse de esta ciudad.

Salvo en pequeñas zonas del centro como Lipscani o Calea Mosilor, aquella leyenda de lo que pudo conocerse como el “París del Este” en el periodo de entreguerras se revela como una broma. Lo que predominan son modelos urbanísticos contrapuestos que aparecen a los ojos del recién llegado como un embrollo de diferentes arquitecturas, a menudo poco atractivas por la pobreza de los materiales empleados y la escasa conservación del patrimonio.

El aspecto actual de la capital rumana está directamente relacionado con el terremoto de 7.4 grados que asoló la ciudad en 1977. Muchos de los edificios que se levantaron después de la Segunda Guerra Mundial, colapsaron. Sin embargo casi todos los que se construyeron durante la dictadura de Nicolae Ceauşescu, resistieron. Un detalle que no pasó inadvertido a las autoridades comunistas para seguir amplificando la propaganda y derogar la Autoridad del Patrimonio Nacional, lo que acabó con gran parte del centro histórico y sirvió de excusa para impulsar la sistematización.

Aún hoy puede verse en muchos barrios bucurestinos lo que sarcásticamente se ha dado a conocer como “Ceauşima”, resultado de unir Ceauşescu con Hiroshima y que compara el aspecto de las enormes zonas urbanas derribadas por la dictadura comunista con los efectos del ataque nuclear sobre Hiroshima.

En 1984 se arrasaron en total más de 480 hectáreas, el área equivalente a un cuadrado de cinco kilómetros de ancho por uno de largo, siendo la mayor demolición a manos del hombre de toda la historia. Por el camino desaparecieron barrios enteros para erigir grandes bulevares, se demolieron arbitrariamente monumentos históricos e iglesias de todas las confesiones: ortodoxas, cristianas, protestantes, sinagogas judías… El trazado de la ciudad se alteró radicalmente y con él, la identidad de la ciudad, de la que sólo queda testimonio gráfico.

Tanta devastación tenía un único objetivo: la construcción del Centro Cívico, macroproyecto a mayor gloria del conducător: grandes bulevares al estilo de los Campos Elíseos flanqueado por viviendas para la élite comunista –aunque una vez terminadas, pocos quisieron instalarse allí-, la Biblioteca Nacional –aún hoy sin terminar-, y la descomunal “Casa del Pueblo”, hoy “Palacio del Parlamento”, que con sus más de 325.000 metros cuadrados es el edificio más grande de Europa sólo detrás del Pentágono –el más grande del mundo-. Todo muy en la línea de los delirios de grandeza con los que anteriormente Kim II Sung o Hitler oprimieron a los ciudadanos de Pyongyang o Berlin.

El Centro Cívico todavía destaca todavía hoy por su arquitectura uniforme pero sobre todo por la falta de espacios comerciales. Es difícil encontrar dónde tomar un café en determinadas zonas, ya que la mayoría de las pequeñas tiendas y restaurantes que forman el corazón de Bucarest se encuentran en las zonas inmediatamente al norte del centro. La gran cantidad de sucursales bancarias, farmacias y casinos que colman la ciudad se encuentran muchas veces en antiguas viviendas en planta baja a las que se les ha habilitado un acceso directo a la calle. Sus rótulos publicitarios son lo único que permite distinguir una avenida de otras cientos igual de grises.

Color, arquitectura y estados de ánimo
La capital rumana es una ciudad de millones de matices de gris, con mucho polvo. Y sin embargo el gris no es un color, tan sólo la transición entre el blanco y el negro. Sugiere tristeza, acaso una fusión de alegrías y penas, de transición entre el bien y el mal. Con todo, ha servido como elemento de inspiración a artistas como Nicolae Comanescu o Michel Bührer y a políticos como Marian Vanghelie para muy diferentes fines.

En las últimas elecciones locales, más de 23.000 metros cuadrados de gris fachada comunista fueron pintados de diferentes colores en Calea Rahovei, situada en la zona más deprimida de la ciudad. Con ello se pretendía invertir el dinero destinado a pegar carteles electorales en algo que revirtiera directamente en la población. Sólo fue una decisión populista, ejecutada en tiempo record, pintada directamente sobre los morteros, ladrillos o chapas existentes, sin vocación de perdurar más allá del día de soltar la papeleta en la urna… Y sin embargo, a pesar de ser las mismas moles de doce plantas de hormigón, pasear por Rahovei de repente te transporta a otra metrópoli, más alegre, menos mustia, más optimista.

Amores perros
Comenzaba diciendo que es difícil enamorarse de Bucarest, pero no es menos cierto que uno se acostumbra a dejarse sorprender cada día por contrastes insólitos, y eso crea adicción: campesinos volviendo a casa guiando su carro con un burro mientras dejan atrás concesionarios de Jaguar y Ferrari, una maraña de cables de tendido eléctrico, tranvías, y trolebuses suspendidos sobre las calles, pero sobre todo gente amable, prodigiosamente políglota y dispuesta a rebatirte todos los mitos de su ciudad en el idioma que quieras, del ruso al alemán, pasando por el inglés.





Discos rojos

11 03 2009

El 4 de marzo de 1977, un terremoto de 7.4 grados en la escala richter mató a más de 1500 personas y dejó heridas a más de 11.000 en Rumania.

Más de 35.000 edificios resultaron afectados y los daños se calcularon en más de dos billones de dólares de la época.

La peor parte se la llevó Bucarest, donde colapsaron muchos de los edificios construidos después de la segunda Guerra Mundial. Los construidos durante la dictadura de Ceaucescu resistieron, algo que se aprovechó para seguir inflando la propaganda.

Los que quedaron gravemente afectados y presumiblemente no soportarán otro meneito, tienen este disco rojo en la fachada. Muchos propietarios los quitan, ya que devalua su precio de venta.